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La laguna Azul: un amor forzado, un odio provocado y la controversia por el desnudo de una actriz de 14 años

A los 18 años, Christopher Atkins era un sensual jovencito que se ganaba la vida como guardavidas mientras fantaseaba con ser médico deportivo. Al borde de la pileta, muchas chicas suspiraban por ese muchacho de cabello rubio y sonrisa despreocupada, pero él estaba más preocupado en cómo pagar la universidad que en cómo conseguir novia.

Para lograr algunos dólares más, le sumó a su trabajo como guardavidas el de instructor de vela en Rye, un pintoresco pueblito en el estado de Nueva York. Entre sus alumnos apareció un productor de cine que, al notar su cuerpo de deportista y su rostro bonito, le sugirió presentarse a un casting. Atkins lo escuchó más curioso que desconfiado. Al volver a su casa, se lo comentó a su madre que le preguntó letal: “¿No creerás que te van a elegir?”. Ante la falta de entusiasmo familiar, decidió no presentarse y evitar lo que pensaba sería un papelón pero un amigo insistente logró convencerlo.

El día de la prueba se encontró con otros cuatro mil muchachos a los que miró despreocupado. No los sentía competencia porque si lo rechazaban no tenía nada que perder y muchos menos un sueño que alcanzar. Cuando los productores vieron a ese joven con bronceado de instructor de navegación, conocimientos de buceo y cuerpo de nadador, supieron que era el protagonista ideal para encarnar a Richard Lastrenge, ese muchacho que pasaría gran parte de la película apenas cubierto con un taparrabos. Ese día la suerte y la genética bendijeron a Christopher con el protagónico de La laguna Azul.

Atkins apenas podía creer que le dieran el protagónico, pero se tuvo que pellizcar para comprobar que no estaba soñado cuando le contaron las condiciones de trabajo. Pasaría tres meses en Fiji, más precisamente en la isla de Nanuya Levu, un hermoso y deshabitado lugar donde haría lo que más le gustaba hacer: nadar y bucear en un mar de un azul increíble. Si hasta ahí todo era genial el siguiente anuncio sencillamente lo dejó boquiabierto. Su compañera era una adolescente que ostentaba el título de “la más linda del mundo”: Brooke Shields.

Christopher era un recién llegado al mundo del espectáculo, pero Brooke, ya era una “veterana”. Theresia Anna Schmon, su conflictiva madre, había logrado que con apenas 11 meses su hija protagonizara una publicidad de jabón. Siguieron unos cuantos comerciales y algunos papeles en televisión. En 1978 fue parte de la película Pretty Baby, donde Brooke era una niña que, como ella, tenía 12 años y era explotada por su madre, madama de un burdel. Aparecía desnuda, lo que generó controversias a nivel mundial.

Dos años después llegó La laguna Azul. El guion se basaba en la novela The Blue Lagoon, de Henry De Vere Stacpoole, y había sido adaptado al cine dos veces. Narraba las aventuras de Emmeline y Richard, dos primos hermanos que, a finales del siglo XIX y luego de sobrevivir a un naufragio, eran arrastrados hasta una isla desierta donde debían ingeniárselas para sobrevivir alejados de la Revolución Industrial pero en plena revolución hormonal.

Como director, el elegido resultó Randal Kleiser que había cobrado fama por dirigir, en 1978, Grease, el musical que con John Travolta conquistó el corazón de las jovencitas románticas. Después de esa experiencia, Kleiser sabía que si existe algo más volcánico que el Vesubio son las hormonas y el humor de un adolescente. Consciente que en esa edad se pasa del llanto a la risa y del amor al odio en un segundo ideó un plan para lograr que Shields y Atkins, más que actuar sus escenas, las vivieran.

Para lograr la atracción, Kleiser se valió de algunos recursos. Colocó una foto de ella en el cuarto de él, así el encandilante rostro de Shields era lo primero que veía al despertar y con lo que soñaba al acostarse. Si la actitud del director fue por lo menos forzada hubo otra que resultó reprobable, sobre todo cuando se sabe quién la propició: la madre de Brooke.

Teri, que quizá dudaba de las dotes actorales de su hija, creyó que el romance que debían vivir en pantalla solo sería creíble si lo vivían en la vida real. Para incentivarlo invitó a Atkins a mudarse con ellas antes de comenzar la filmación. Si su hija quería o no, poco le importó.

Al comienzo de la filmación la estrategia del director y la imposición de la madre parecía que daba resultado. En las escenas de amor se nota una auténtica atracción. A Atkins le fascinaban las pecas que el sol dibujaba en la piel de su compañera y la apodó Patches (Parches). Como buen instructor le enseñó a bucear y ella lo compensó ayudándolo a pararse bien en el set y mirar la cámara adecuada. “Hay que reconocer que la química entre nosotros era increíble. Hubo un montón de grandes, grandes momentos que pasaron allí, y creo que fue mucha de esa inocencia que salió en la película lo que hizo que funcionara aún más”, diría Atkins.

De rodar las escenas de amor había que pasar a las de odio. Kleiser esta vez no recurrió a estrategias ni fotos ni cláusulas de contrato. Sabía que el odio entre sus protagonistas no había que incentivarlo sino dejar que las semanas trascurrieran, y así fue.

Luego de dos meses de rodar en una isla desierta lo que parecía paraíso se transformó en condena. Obligados a vivir en confortables carpas pero lejos del ideal de un hotel cinco estrellas, las incomodidades se empezaron a sentir. Brooke y Atkins extrañaban los afectos, la cama confortable, una buena ducha, el agua potable saliendo de la canilla y no de bidones, y ansiaban volver a la iluminación con bombillas eléctricas y no con linternas a pila.

Tal como preveía Kleiser, pasaron de quererse a detestarse. Brooke se enfurecía porque pensaba que su compañero no se tomaba en serio su papel y se molestaba cuando había que repetir tomas porque él se distraía. Se empezaron a mirar con recelo y hablarse a los gritos. Lejos de preocuparse, el astuto director aprovechó para grabar las escenas de peleas.

No se sabía si La laguna Azul era una película inocente o porno soft, una especie de manual de supervivencia u otro de educación sexual, si estaba dirigida a adolescentes o a adultos fetichistas
No solo el hartazgo de la grabación influyó en el malestar de los protagonistas. Al momento de grabar hubo una cuestión que nadie tuvo en cuenta: ella tenía 14 años y su coprotagonista, 18. “Todos querían desesperadamente que nos enamoráramos el uno del otro. Y eso era imposible, porque cuatro años, a esa edad, son un mundo de diferencia”, contó la actriz en su podcast Now What? “Recuerdo haber pensado: ‘Primero conozcámonos en lugar de tratar de enamorarnos y forzar la situación’”, rememoró, y admitió que se enojó cuando la obligaron a sentir algo. Para finalizar agregó un dato que pocos imaginaban: hasta ese momento no había besado a nadie.

No solo el romance de los protagonistas fue artificial. Los rulos salvajes que lucía Atkins eran producto de una permanente y los pechos de Brooke en realidad eran los de una modelo de 32 años. Lo que sí resulto natural fue el bronceado aunque -otra vez- el método para lograrlo fue controvertido y doloroso.

Para evitar las marcas de la ropa, los días previos a filmar los obligaron a tomar sol desnudos y terminaron picados por insectos y heridos por cangrejos. La piel de Atkins quedó tan irritada que tuvo que ser atendido por el médico de la filmación. El galeno no parecía un gran profesional. Solía andar despreocupado, acompañado por un loro y fumando marihuana. Ni siquiera intervino cuando Shields contrajo neumonía. En la escena en la que daba a luz estaba tan enferma que le costaba controlar la respiración. Ella tosía y tosía mientras todo el mundo decía: “¡Qué buena actuación!”, y el médico ni aparecía para ayudarla.

El 20 de junio de 1980 se estrenó la película. Las críticas coincidieron en… destrozarla. Es que lo que se veía en pantalla era un auténtico “pastiche”. No se sabía si era una película inocente o porno soft, si era una especie de manual de supervivencia u otro de educación sexual, si estaba dirigida a adolescentes o a adultos fetichistas, si su fin era contar una historia o simplemente mostrar paisajes.

El escándalo más fuerte lo provocaron las escenas de desnudez, sobre todo las de Brooke, que era menor de edad. Kleiser se defendía argumentando que se empleaba un doble y que la actriz aparecía con sus pechos cubiertos por su cabello. La propia Shields minimizó el contenido, contando que una asistente social vigilaba que se cumplieran todas las condiciones. “Mi preocupación era que mis pechos eran demasiado pequeños”, minimizaba. Su compañero argumentaba que “solo en los Estados Unidos hay tanto problema con la desnudez”.

La polémica siguió varios años tanto que la actriz tuvo que testificar ante el Congreso de los Estados Unidos que los dobles de su cuerpo utilizados en la película eran mayores de edad.

Años después, en el podcast de Shields, el rubio admitiría que en la filmación se sentía muy avergonzado. “Había escenas en las que estaba con Brooke totalmente desnudo, deslizándonos por un tobogán y cosas así. Era un poco incómodo, pero también divertido para mí porque en aquella época sencillamente iba a hacerlo”.

La actriz aportaría más datos sobre cómo se filmaron esas controvertidas escenas. “Llevábamos pequeñas tiras de ropa, y mi cabello estaba pegado a mi cuerpo para cubrir los senos, que de todos modos eran mínimos”, recordó. “No sé lo que estaba tratando de cubrir. ¿Recordás las almohadillas? Me ponían estas cositas de color carne en los pezones porque, evidentemente, los pezones eran los que trazaban el límite de lo que se podía ver”. Pese a los cuidados que se tuvieron, Brooke admitió que “nunca más se hará una película así. No estaría permitido”.

A pesar de la polémica –o gracias a ella- La laguna Azul, con un presupuesto de 4,5 millones de dólares, recaudó 58 millones. No se convirtió en un clásico ni se estudia en las escuela de cine, sin embargo tuvo una contribución insólita con la ciencia. Mientras miraba la película, el herpetólogo John Gibbons descubrió que las iguanas encrestadas que aparecen en el filme no estaban descritas para la ciencia. Sin dudar viajó a la isla donde se grabaron las escenas y descubrió el nuevo especimen. Lo bautizó Brachylophus vitiensis, conocido popularmente como iguana crestada.

Algunos dicen que la tendría que haber llamado Brooke Shields, pero si comparamos la belleza de la actriz con la de la iguana, ponerle su nombre más que honor era un deshonor.



Fuente: Infobae

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